Castillos y fortalezas de Salamanca: Cerralbo

    Empleado como defensa contra el avance portugués en las diferentes contiendas bélicas, fue incendiado y destruido, utilizándose sus piedras para construir un convenio ahora también en ruinas. Su base todavía es visible en la zona

    El ser humano es capaz de lo mejor y lo peor. Capaz de los más increíbles adelantos, pero también las más horripilantes aberraciones. La historia de los castillos de la provincia de Salamanca está repleta de tales paradojas, fruto del destructor dominio de quienes impusieron su estulticia y temor en tiempos donde la conservación del patrimonio histórico y monumental era tan sólo una alejada quimera. La lucha fratricida por ambicionar poder afectó de lleno a torreones y fortalezas repletos por sus cuatro costados de épica medieval, pero que sucumbieron a las iras de los vencedores para no dejar piedra sobre piedra a las generaciones venideras.

    Es el caso del castillo de Cerralbo, protagonista del vigésimo cuarto capítulo de la serie dominical sobre estos pedregosos testigos mudos en la provincia de Salamanca. Sus vestigios apenas se reducen a una pedregosa base que da fe de las opulentas anécdotas que acontecieron en su interior cuando levantaba más de dos palmos, ejemplos de la aniquiladora mano del hombre.

    Sobre un altozano en cuyas laderas se ubica actualmente la localidad de Cerralbo existió hasta finales del siglo XIX una fortaleza cuyo origen se remonta a la Edad Media con motivo de la guerra contra los portugueses. Al parecer, este castillo fue levantado en el siglo XIV por Esteban Pacheco, primer señor de Cerralbo y uno de los personajes de relevancia en Ciudad Rodrigo, con la finalidad de defender esta zona de la ofensiva lusa, de ahí que su estructura fuera principalmente defensiva.

    Concluida la contienda bélica e iniciado el periodo de señorialización de los bienes de la Corona, como muchas otras fortalezas de la provincia se transformó en residencia palaciega, introduciendo entonces varios elementos arquitectónicos ornamentales, según consta en la documentación que ha llegado hasta nuestros días. De esta manera, fue legado a sus herederos, recibiendo uno de sus descendientes, Rodrigo Pacheco, el título de marqués de Cerralbo de manos de Carlos V en recompensa por sus servicios a la Corona.

    Pero no lo habitaron por su estancia en la ciudad mirobrigense por los cargos que ocuparon en constante conflicto con la familia de los López Chaves. Cuando parecía que su sino estaría ligado al olvido, de nuevo una contienda bélica contra Portugal, en esta ocasión la Guerra de Secesión, le devolvió la función para la que este castillo fue edificado. Así, a mediados del siglo XVII desempeñó un papel primordial en la defensa del campo de Camaces y del Abadengo. Su numantina resistencia a los ataques de la tropa portuguesa dirigida por Xaque de Magalhaes provocó que, en su retirada al no poder conquistarlo, lo incendiaran en 1664, iniciando un camino sin retorno hacia la ruina y el abandono después de que los marqueses fijaran su residencia en Salamanca y Madrid.

    A finales del siglo XIX su torre del homenaje todavía se mantenía firme, desafiando a los avatares del tiempo, pero el destino jugó una vez más en su contra. Este torreón, tan alto como cuadrado, con una enorme ventana bajo un escudo igual al de la iglesia de los franciscanos, se convirtió en un jugoso pastel para que los vecinos pudieran acometer su misión de construir un convento. Por este motivo, se derribó la torre del homenaje para construir la pared del corralón de un templo que, ironías del caprichoso destino, también hoy se encuentra en estado ruinoso. Tan sólo se conserva del castillo la base del antiguo recinto cuadrado, con grandes cubos redondos de cal y canto recubiertos de sillería y con saeteras, el mejor conservado denominado como ‘torreón de la yedra’.

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