Castillos y fortalezas de Salamanca: Topas

    Conocido como Castillo del Buen Amor, en la finca de Villanueva del Cañedo, es refugio palaciego para los amantes

    El devenir de la Historia de España siempre ha estado ligado a letras mayúsculas, nombres y apellidos que han forjado las grandes gestas de los diversos reinos que fueron conformando el Estado moderno. Pero no hay contenido sin continente. Así, los afamados protagonistas de las contiendas bélicas en el campo de batalla y las intrigas fratricidas en la corte basaron su poder en la opulencia que mostraban sus castillos y fortalezas, símbolos de dominación sobre el resto de familias nobiliarias y sobre la insignificante plebe.

    Pero no todo fueron letras de oro con ribetes transmitidas a los cuatro vientos por los protoperiodistas, trovadores y cancioneros populares que difundieron las más increíbles hazañas. El interior de numerosos castillos guarda con recelo aquello que el genial e inigualable Miguel de Unamuno denominó como intrahistoria, la vida tradicional que sirve de decorado a la historia más visible. Es el caso de la fortaleza de Villanueva del Cañedo, en el término municipal de Topas, protagonista del vigésimo tercer capítulo de la serie dominical sobre estos pedregosos testigos mudos en la provincia de Salamanca.

    Conocido como el Castillo de Buen Amor, fue en un principio una fortaleza vigía durante la repoblación medieval, pero erróneamente se cree que la denominación se debe a los amoríos del Arzobispo de Santiago, don Alonso de Fonseca, con doña María de Ulloa. Estudios recientes han revelado que fue su homónimo don Alonso de Fonseca Quijada, primo del arzobispo y a la vez prelado de Cuenca, Ávila y Osma, el que transformó el castillo en palacio para pasar sus días con doña Teresa de las Cuevas, con quien procreó cuatro hijos.

    Emplazado en una leve colina que domina una amplia llanura de La Armuña, este castillo en llano tiene su origen en el siglo XI. Ya en 1227 aparece citado documentalmente cuando el monarca leonés Alfonso IX lo permuta con un caballero santiaguista por la heredad de Ortazas en Ciudad Rodrigo. Sin embargo, los primeros documentos que explicitan al detalle no llegan hasta mediados del siglo XV, vinculado al conde de Alba de Tormes. Pero, una vez más, como solía ser práctica frecuente durante el Medievo, el castillo fue moneda de cambio con la fortaleza de San Felices de los Gallegos, en este caso con los futuros Reyes Católicos dentro de los avatares fruto de la contienda por la sucesión de Enrique IV. Concluido el enfrentamiento con la victoria de Isabel la Católica sobre Juana la Beltraneja, los monarcas donan en 1477 la fortaleza al mariscal del Castilla, Alfonso de Valencia, en recompensa por haberles entregado la ciudad de Zamora, que a su vez lo vende al ya mencionado Alonso de Fonseca Quijada.

    Después de un largo periplo de trueques, el Castillo del Buen Amor inicia su andadura como refugio de la mano de su nuevo dueño. Es entonces cuando se convierte en vivienda particular tras una ardua reconstrucción con motivo de la pérdida de su función defensiva. La edificación se centra entonces en una estructura palaciega, muy común en Castilla y León desde la segunda mitad del siglo XV, cuando las fortalezas asumieron al papel de residencia de la nobleza, aglomerando intramuros todas las comodidades propias de los grandes señores, con amplias salas, bastos comedores, detalladas chimeneas y lujosas habitaciones, con reminiscencias mudéjares en la sillería, techos de madera y coloreados azulejos y relieves.

    No obstante, esta fortaleza es bastante singular frente al resto de castillos-palacio salmantinos del siglo XV. Prueba de ello, su planta de unos tres mil metros cuadrados, fuera de lo común al colocarse en diagonal la Torre del Homenaje, siendo el único ejemplo de este tipo que existe en España Por este torreón se entraba a la antigua fortaleza del siglo XI mediante un puente levadizo, pero la transformación en palacio cambió el acceso a como se conoce hoy en día. Un impresionante foso de quince metros de ancho y ocho de profundidad y una barrera artillera de planta rectangular con tres cubos circulares en las tres esquinas que tienen dos niveles de tiro muestran su antigua función defensiva, pero es el interior lo que enseña toda su riqueza.

    El patio central de estilo gótico, con esbeltas galerías decoradas, es el epicentro del castillo, con arcos rebajados y columnas sin capiteles, albergando series de escudos de armas labrados que se reparten por muros, chimeneas y alfarjes. Tal fue el espíritu innovador de su arquitectura, conservada a la perfección actualmente, que supuso un ejemplo a seguir para posteriores edificaciones de otras provincias, sobre todo la influencia italiana de los detalles. De hecho, se conservan las chimeneas mudéjares de la época, los techos de madera y hasta las puertas de acceso al patio central.

    Al morir don Alonso y doña Teresa, el Castillo de Buen Amor pasó a sus descendientes como residencia aristocrática, pero la desamortización de principios del siglo XIX relega al olvido a una fortaleza que consigue rescatar la familia Fernández-Trocóniz, que lo restaura a partir de mediados del siglo XX y lo transforma en hotel restaurante que ofrece otros servicios como viajes en globo y peculiares demostraciones de cetrería. De talante recio pero elegante, sobrio pero altivo, rodeado de un pulmón verde que dota a esta fortaleza, aún más si cabe, de un peculiar espíritu evocador del pasado, haciendo que el visitante casi pueda respirar el aroma de esa intrahistoria palaciega que convive con los grandes reyes y nobles.

    Declarada Monumento Histórico Artístico en 1931, esta fortaleza con muros de hasta cuatro metros de espesor construida en fábrica de piedra franca de Villamayor no recela de la historia y recupera la tradición filosófica de sus antiguos ocupantes, con citas históricas en latín repartidas por su planta baja, demostrando que el más bello pasado puede tener cabida en este injusto presente para con aquellas edificaciones que lo fueron todo y, en algunos casos, apenas queda nada.

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