Castillos y fortalezas de Salamanca: Salvatierra de Tormes

    Ubicado junto al actual pantano de Santa Teresay semiderruido, en la Edad Media fue la joya de un hijo de Alfonso X

    El río Tormes, además de regar desde tiempos inmemoriales las tierras de lo que hoy conocemos como la provincia de Salamanca, siempre fue frontera natural entre los reinos de León y Castilla, delimitando dos zonas estratégicas de gran actividad bélica y caballeresca durante la Edad Media con motivo de la Reconquista contra los árabes. Sobre esta línea se erigieron fortalezas y torreones como vigía ofensiva o defensiva, dependiente bien de los periodos de inherente paz entre los monarcas leoneses y castellanos durante la unión de ambos reinos, bien de las épocas de intriga fratricida entre los codiciosos herederos. Uno de las más importantes, tanto por su estructura como por la ubicación dentro de uno de los principales concejos de Salamanca, fue el castillo de Salvatierra de Tormes, conocido popularmente como castillo de la Mora Encantada, protagonista del vigésimo segundo capítulo de esta serie dominical sobre los testigos mudos de la historia.

    Aunque en ocasiones este castillo se fecha en torno al siglo XV de acuerdo con algunas partes de su arquitectura, su origen es anterior, en torno al siglo XIII, pues escritos de esta época ya atestiguan la existencia de un recinto amurallado y una fortaleza en una de las onduladas laderas del término municipal. En esta época, la necesidad de defensa ante las frecuentes expediciones de castigo de musulmanes y castellanos propició una repoblación de la zona que realizó el monarca leonés Alfonso IX a finales del siglo XII. Tras llevar a cabo con éxito la estabilidad demográfica en Salamanca y Alba, el siguiente paso fue asentar los territorios entre los valles del Tormes y del Alagón, y ahí es donde comienza a cobrar relevancia Salvatierra de Tormes.

    En principio, la villa estaba dividida en dos partes, una en posesión de Alba y otra del cuarto de Peña del Rey de Salamanca. Para muchos expertos, el propio nombre de Salvatierra atestigua esta división administrativa medieval, crucial para la repoblación pues se trataba de zonas donde estaban en suspenso los castigos a quienes fueron condenados por infringir la ley, de ahí que se habilitara un estatus especial para que los delincuentes buscaran refugio y pudieran rehacer su vida sin miedo a la persecución judicial. Poco a poco, la localidad fue ganando peso, por lo que llega el momento en que se escinde de Salamanca y Alba para convertirse en cabeza de concejo, englobando a veintidós aldeas, entre ellas lo que actualmente es Guijuelo. Tal fue la relevancia de la villa Salvatierra de Tormes que incluso recibió en 1231 la visita de Fernando III, el Rey Santo, desde donde extendería por todos sus dominios una carta al privilegio y confirmación del monasterio de Oya de todas las propiedades y exenciones concedidas por los reyes anteriores.

    Con la unificación de los reinos de Castilla y León durante el reinado de este monarca en el siglo XIII, comienza un proceso de señorialización de los territorios de frontera que durará hasta el siglo XV no sin altibajos. De esta forma, los concejos salmantinos se convierten en codiciados trofeos y territorios con suculentas rentas, de ahí que las diversas familias nobiliarias afines a la Corona se disputasen la posesión de estas zonas.

    No ocurre esto en principio con Salvatierra de Tormes, que pasa a finales del siglo XIII a manos de don Pedro, uno de los diez hijos legítimos de Alfonso X El Sabio. En este momento, el castillo se convierte en su joya favorita y el concejo logra un periodo de gran prosperidad. De hecho, según consta en los datos demográficos del Archivo Provincial de Salamanca y el Archivo de la Catedral, entonces es la zona con mayor crecimiento. La fortaleza de la Mora Encantada, compuesta por un edificio rectangular, se transforma en epicentro de la zona. Sus tres pisos de lajas de pizarra (excepto las esquinas y puertas, de granito), un material muy común en esta zona, su cerca con puerta, cubos y saeteras, le conferían un aspecto más bien de palacio-alhóndiga.

    Por este motivo, no es de extrañar los intentos de adueñarse de este castillo por parte de familias nobiliarias, unos avatares que se sucederán sin pausa durante dos centurias. Así, a comienzos del siglo XIV hubo constantes tensiones entre los concejos de Ávila y Salvatierra, por lo que los vecinos solicitaron apoyo del rey porque los abulenses les impedían labrar y pasar con sus ganados al otro lado del río, dentro de una campaña de desgaste que fue dirimida por Fernando IV en 1302.

    Entre disputas internas, confabulaciones e intrigas, la propiedad del concejo de Salvatierra de Tormes, y con ella su castillo, fue pasando por diversos parientes reales al menos hasta 1350, año en que, según un documento conservado en Ledesma, se sabe que pertenecía al infante don Juan, hijo de Alfonso XI. Así hasta que llega a manos de los infantes de Aragón, los grandes protagonistas de la Edad Media en territorios salmantinos, abulenses y cacereños en sus constantes disputas territoriales con la familia de los Estúñiga o Zúñiga (duques de Béjar y Miranda) y la familia de los Álvarez de Toledo (duques de Alba).

    A comienzos del siglo XV, concretamente en 1418, Salvatierra entra en un paquete de trueques, cual cromos que intercambian los niños, en favor de doña Leonor de Aragón, una posesión que no duraría demasiado, pues a finales de este siglo Salvatierra cae en manos de la Casa de Alba. Así consta en una carta de 1437 por la que Gutierre Álvarez de Toledo recibe este concejo y lo transmite de generación en generación como Condado de Salvatierra, un título que aún conserva la Casa de Alba, en concreto el hijo menor de la actual duque, Cayetano Martínez de Irujo. A partir del siglo XV, la zona pierde su importancia estratégica, por lo que comienza a caer en declive su castillo, en un segundo plano dentro de una familia con mayores posesiones en otras provincias de España.

    Las grandes reformas administrativas del siglo XIX condenan definitivamente a las posesiones que un día albergaron esplendor y desde entonces se tiñen de polvo y olvido. Así lo constataba un informe de 1870 que describía al castillo de Salvatierra de Tormes como fortaleza en decadencia. Por si fuera poco, la construcción del pantano de Santa Teresa a mediados del siglo XX provocó la anegación de campos y el progresivo lamido que las aguas embalsadas dispensan desde entonces a la adusta silueta de un castillo en estado de ruina progresiva, propiedad hoy de la Confederación Hidrográfica del Duero, y que, si nadie lo remedia, corre el peligro de desaparecer en un baúl cuyas llaves nadie podrá encontrar jamás.

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