Castillos y fortalezas de Salamanca: Cespedosa de Tormes

    Este torreón junto al río Tormes, con una clara misión de vigía en la frontera de los entonces separados reinos de León y Castilla, fue una singular moneda de trueque

    Poder. Bajo esta palabra de apenas cinco letras se esconde toda una enciclopedia de significados, cual veneno disfrazado de perfume en un ínfimo frasco que engulle todo a su paso cuando se abre la caja de Pandora. Durante siglos, el dominio y control de los territorios provocó continuas tensiones e intrigas en los diversos reinos que se fueron amoldando para conformar lo que hoy conocemos como España. Reyes y nobles conspiraron en la sombra en busca de apoyos, en algunos casos, y de mirar hacia otro lado, en los más, para lograr un mayor control sobre la plebe. Dentro de este juego de intrigas, los símbolos de poder se antojaron como la pieza clave de un puzle en ocasiones indescifrable. Los castillos y fortalezas, como altaneros elementos nobiliarios, también fueron moneda de trueque entre los señores en su codicia por afianzar alianzas y trazar estrategias a favor de tal bando o cual linaje, como ocurrió con el torreón de Cespedosa de Tormes, protagonista del vigésimo capítulo de esta serie dominical sobre los testigos mudos de la historia en la provincia de Salamanca.

    Situada a las afueras de esta localidad del sureste salmantino, la torre de Cespedosa de Tormes se erigió como atalaya junto al río que baña las tierras de gran parte del actualmente territorio charro. Su origen se produce en una época convulsa para esta zona debido a la continua tensión existente entre los reinos de León y Castilla en su avance definitivo hacia el sur en pos de concluir la Reconquista cristiana. Iniciada la repoblación, desde el siglo XIII el cauce del Tormes se erigió en frontera de ambos reinos, por lo que surgieron varios torreones lindantes para el control del paso por un territorio pecuario muy importante, formando así una línea con otras atalayas como las de Santibáñez de Béjar y La Cabeza de Béjar.

    Pero la torre de Cespedosa es algo posterior, motivada más bien dentro de un proceso de señorialización que duraría hasta el siglo XV, en que, estructurados ya los reinos de Castilla y León bajo un único mando, se propició un periodo de otorgamiento de tierras y posesiones a los nobles en función de su mayor o menor apoyo para la causa. Ejemplo de estas tensiones fronterizas es el destino de la localidad, perteneciente a Salamanca hasta 1157, pasando entonces a la provincia de Ávila tras la división entre León y Castilla. Así permaneció hasta que en 1833 la redistribución provincial tornó de nuevo a Cespedosa hasta territorio charro.

    La mayor parte de villas y aldeas se encontraban entonces bajo el yugo económico del Obispado de Salamanca. Sin embargo, el sureste salmantino, perteneciente ya al Obispado de Ávila, fue una zona muy codiciada por los nobles, disputándose la zona familias tan importantes en la Edad Media como los Estúñiga o Zúñiga (poseedores de Béjar, su alfoz y Miranda del Castañar), los Álvarez de Toledo (más conocidos como la Casa de Alba) y los infantes de Aragón (señores de Ledesma, Salvatierra y Montemayor hasta mediados del siglo XV). En este contexto, los señoríos de Cespedosa y Puente del Congosto, integrados en concesiones unitarias, fueron concedidos por Enrique III a Gil González Dávila en 1393. A partir de este momento surge el castillo como dominador de un amplio valle a la vera del Tormes como punto estratégico en las rutas pecuarias desde el este hacia Portugal y Salamanca, enfrentado directamente a la fortaleza leonesa de Salvatierra.

    Residencia entonces del linaje abulense, el torreón de Cespedosa fue heredado por Juan Dávila, al mismo tiempo que el territorio pasó a ser mayorazgo en 1450. Fue tal la importancia que alcanzó la localidad que acaparó la atención de las dos familias que ya rivalizaban por el control de Castilla y León, los Estúñiga y los Álvarez de Toledo. Fueron estos últimos quienes movieron ficha para hacerse con el control, propiciando una situación que aún siglos después no extraña, ahora que en estos tiempos inmobiliarios las propiedades se venden varias veces o se cambian de manera sospechosa, por lo que culminan en pleitos judiciales. Según consta en el Archivo de la Casa de Alba, el entonces conde ofreció un trueque a los Dávila sobre Cespedosa y Puente del Congosto, firmado en 1456, pero finalmente no llegó a tener efecto, lo que provocó singulares avatares entre ambas familias. Sin embargo, como todo en la vida, el inexorable paso del tiempo actuó cual juez y parte, pasando el torreón a manos de los duques de Alba.

    Construido en mampostería con sillares en los ángulos, es de planta rectangular, almenas en su remate y voladizos en lo alto de los muros, conservando aún algunos ventanales de los tres pisos que componían su estructura interna, e incluso se pueden apreciar en uno de los lados, sobre una ventana, los escudos nobiliarios de sus antiguos señores. A pesar de su buen estado de conservación exterior, el interior permanece deshabitable, totalmente vacío, conservando únicamente los vestigios de una chimenea que recorría el muro meridional, dos vanos abiertos en cada planta y asientos laterales en las superiores. Ubicado sobre una pequeña colina monte a través, el torreón de Cespedosa de Tormes ofrece una imponente estampa con el río al fondo, sobre todo tras la construcción del pantano de Santa Teresa en una zona muy visitada por pescadores.

    Con la desaparición de los conflictos señoriales, los castillos y fortalezas con función palaciega fueron perdiendo importancia como residencia de los nobles, incluso como estancia para el reposo estival, por lo que el deterioro se ha ido apoderando sin cesar de estos monumentos que hoy día, a pesar de contar con la protección legal que garantiza el Decreto de 1949 y la Ley de 1985 sobre el Patrimonio Histórico Español, son sólo improvisado cobijo de los pájaros.

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