Castillos y fortalezas de Salamanca: Ciudad Rodrigo

    Irreductible alcázar frente a los asedios, fue mandado construir por el rey Enrique II de Trastamara sobre una fortaleza anterior y en la actualidad es alojamiento turístico como Parador Nacional

    Desde que el hombre es hombre, anhela alcanzar el poder. La Historia de España se compone por un conglomerado de convulsas épocas donde unos pocos quisieron abarcar mucho. Nobles y reyes batallaron hasta la saciedad por hacerse con el control de los concejos más fructíferos y prósperos, sobre todo en el territorio que hoy conocemos como Castilla y León. Como muestra de ese poder, los castillos se erigieron en enclaves estratégicos, dominando amplios valles y escarpadas cumbres, pero su visibilidad, que por un lado infundía respeto hacia quienes pensaran en una rebelión, también se antojaba como un acaramelado dulce que degustar. Un ejemplo claro es el castillo de Ciudad Rodrigo, protagonista del decimonoveno capítulo de la serie dominical sobre estos testigos mudos de la historia de la provincia de Salamanca.

    Situada en la parte más alta de la vieja Miróbriga, esta fortaleza vigila el fluir del río Águeda y defiende la entrada del puente desde Portugal, de cuya frontera dista tan sólo unos 30 kilómetros. No obstante, las miras de lo que hoy es la ciudad amurallada más importante del territorio charro se dirigían en principio hacia el sur. En 1142 se había conquistado definitivamente Coria, que constituía la posición andalusí más avanzada de la frontera occidental, un punto clave en el que la vía Dalmacia desembocaba en el llano tras cruzar la Sierra de Gata. Debido a su posición en la confluencia de dos calzadas cuyas funciones se vieron revitalizadas, Ciudad Rodrigo se erigió entonces como el principal baluarte frente a Portugal y el segundo y definitivo eslabón en la estructura defensiva frente a las incursiones almohades.

    De esta forma se explica la repoblación de estas tierras sin pan ni dueño durante siglos que lleva a cabo el monarca Fernando II, artífice de la fortificación de Ciudad Rodrigo, que poco a poco irá ganando en autonomía frente a Salamanca y Ávila, generando una singular cultura beligerante e indómita, repleta de avatares y desventuras centradas en multitud de ocasiones en su castillo. Fue este rey quien reconstruyó la primitiva fortaleza que se alzaba de la vieja Miróbriga, siendo atacado en multitud de ocasiones debido a las luchas internas durante toda la Edad Media entre los reinos de Castilla y León, ya fuera juntos, ya separados y enemistados.

    El carácter bélico fue su primera seña de identidad. Los combates entre castellanos y leoneses, contra los portugueses y frente a las incursiones árabes, fueron una tónica constante frente a las conspiraciones nobiliarias, turbulentas rebeliones y programadas algarabías, que pasaron factura sobre la estructura de este imponente alcázar sobre el río Águeda. Pero el rey Enrique II de Trastamara, a quien el castillo mirobrigense debe hoy su nombre, lo reconstruye en 1372. Así consta bien claro: “Este alcázar mandó fase el mui alto e mui noble Rey Don Enrique, fijo del mui noble e mui alto Rey Don Alfonso que venció al Rey de Benamarín con todo el poder de África e ganó Algesira”.

    El castillo transforma entonces su función, pasando a residencia palaciega que atemoriza al pueblo. Todo surge a raíz de la guerra entre Enrique II y Pedro I, de la que el primero sale victorioso y coronado como rey de Castilla y León. Para dar un escarmiento a sus rebeldes gentes, puso la plaza en asedio y cuarentena. Tras una serie de altibajos, logra su propósito, mandando construir esta fortaleza como símbolo de poder. No fue éste un castillo señorial, feudo de linajes nobiliarios, encomienda de órdenes militares o legado eclesiástico. No. Fue alcázar, residencia real, lugar de realengo y símbolo de la Corona. Así se mantuvo hasta comienzos del siglo XVI, en que comienza a acumular algunos detalles lujosos, unidos a las modificaciones realizadas entre 1466 y 1472, con la inclusión de la torre caballera, y en 1507, con la construcción de una barrera interna.

    Pero las intrigas y rebeliones no abandonan al castillo de Ciudad Rodrigo, del lado de la causa imperial durante el alzamiento de los Comuneros, o al acecho de portugueses y nobles con ansias de dominación de este enclave fronterizo. Toda una osadía para quienes planearan evitar la propia protección natural que supone el amplio foso del Águeda y sus altos muros. Soberbia plataforma para humillar al atrevido. Fruto de estas algarabías y de la Guerra de Sucesión, este alcázar sufre un importante deterioro, que se acrecienta durante la Guerra de la Independencia. En 1810, la ciudad fue cercada por el ejército francés, refugiando a 6.000 hombres que, a pesar de su heroísmo, tuvieron que capitular ante los 50.000 franceses que acechaban las murallas.

    Sin embargo, cual irreductible atalaya frente a los asedios, el castillo de Ciudad Rodrigo sobrevivió para que renaciera una vez más de sus cenizas. Así, en 1928 el Ministerio de la Guerra donó este heroico monumento para usos culturales, en principio como Museo Regional. Pero quien ostentara el título de El Buen Alcalde, Manuel Sánchez Arjona, impulsó un fin más duradero y rentable para los mirobrigenses, proyectando una hospedería en su interior debido a los numerosos visitantes que recorrían la carretera que une Lisboa con París, hoy transformada en autovía. Así lo solicitó el entonces alcalde de Ciudad Rodrigo al mismísimo general Primo de Rivera, concediendo una marca de calidad que hoy es Parador Nacional, con un primer menú el 2 de octubre de 1929 que, al precio de doce pesetas vinos aparte, incluía “consomé frío o caliente, tournedos Enrique II, filetes de lenguado con salsa holandesa, perdiz asada, ensalada, bananas, frutas, quesos y café Moka”.

    Esta fortaleza es un claro ejemplo del típico castillo leonés presidido por una fuerte torre cuadrada y rodeada por un recinto adherido al de la ciudad, con cubos de fábrica morisca de cal y canto, cuadrados en las esquinas y semicirculares a mitad de muro, todo ello rematado con almenas sobre una defensa de barreras y matacanes. Mole cúbica y sólida de 17 metros de lado que llegó a emplearse como almacén de pólvora, tiene detalles muy característicos como las ventanas ajimezadas que se abren en la planta intermedia y recuerdan a otros torreones como el de Sobradillo. Una mirando al río desde el salón y otra hacia la ciudad desde un rellano de la larga escalera, sus ajimeces tienen arcos ligeramente lobulados y una columna central octogonal, dando un toque artístico a unos lienzos planos y sin adorno alguno. La escalera está cubierta con bóvedas rampantes de derretido de argamasa, otra baída en un descanso y arcos apuntados. Sus dos vastas cámaras desarrollan grandes cañones agudos sobre perpiaños, todo ello de sillería marcada. Y por encima surge un tercer cuerpo, mucho más arredrado, obra de mampuesto, con cintas y rafas de ladrillo.

    Tapizada de hiedra, esta fortaleza, con acceso libre salvo a ciertas zonas restringidas, se antoja como espacio idóneo para disfrutar de unas inigualables vistas del valle del Águeda y el casco histórico de Ciudad Rodrigo casi a vista de pájaro, con un cuidado jardín, aspectos detallistas de época en su interior, mobiliario castellano, un acogedor patio y admirables arcadas en su comedor.

    La historia de este castillo es el fiel reflejo de los avatares de un pueblo orgulloso, hecho de una pasta especial, denominación de origen, como el farinato que sólo los habitantes de la vieja Miróbriga saben fabricar para deleite de los miles de turistas que recorren cada año sus singulares calles.

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