Castillos y fortalezas de Salamanca: Villares de Yeltes

    Construida durante el siglo XV sobre los restos de un antiguo castro en la zona occidental del pueblo, esta fortaleza se conoce popularmente con el nombre de Corro de las Cercas. Fue hospedería de las tropas y escondite de secuestros

    El oeste de la provincia de Salamanca siempre fue campo de batalla. Su condición fronteriza con volubles límites entre los reinos de España y Portugal propició durante finales de la Edad Media y toda la Edad Moderna que las llanuras y terrenos escarpados que se entrelazan junto a la Raya acogieran diversas contiendas bélicas. No es de extrañar, por tanto, la existencia de castillos, fortalezas y torreones a lo largo de toda la frontera desde norte a sur, utilizados por las tropas de los ejércitos contendientes en su avance y retroceso fruto de los avatares de la guerra. Así sucedió con el castillo de Villares de Yeltes, hospedería y posada de los soldados durante la batalla, protagonista del decimoctavo capítulo de la serie dominical sobre estos testigos mudos de la historia.

    Construida durante el siglo XV sobre los restos de un antiguo castro en la zona occidental del pueblo, esta fortaleza se conoce popularmente con el nombre de Corro de las Cercas. El primitivo núcleo de población de Villares de Yeltes debió ocupar el terreno delimitado por el espolón rocoso, enfrentado a varias eminencias que se extienden al otro lado del río, sobre las que fueron levantadas en época prerromana otras tantas fortalezas. Y es que hasta el siglo XII, gran parte de la provincia de Salamanca se encontraba en la llamada ‘extremadura leonesa’, una zona sin dominador claro y, por tanto, muy insegura.

    Con el inicio de la repoblación en el oeste salmantino a cargo del rey Fernando II, la localidad se encuadra en el alfoz de Ledesma, por lo que inicia un período de progreso que la convierte en próspera, siendo anhelada por nobles, órdenes eclesiásticas y cabildos, a quienes rindió tributos hasta casi nuestros días. Por poner un ejemplo, en el siglo XVIII, Pedro Álvaro, una pedanía perteneciente a este término municipal, debía abonar cada año las alcabalas al señor de Ledesma, el duque de Alburquerque, por importe de 15.000 maravedíes. Esta codicia provocó continuas disputas sobre la delimitación de tierras entre los obispados de Salamanca y Ciudad Rodrigo, lo que motivó la intervención de la Corona, una lucha que se saldó a favor de la Catedral de la capital, que siguió percibiendo ingentes rentas de las propiedades en Villares de Yeltes.

    Por si fuera poco, a comienzos del siglo XIII, el Concejo de Ledesma y la orden militar de Santiago mantuvieron un litigio por los derechos de posesión, obligando a intervenir también al monarca, por aquel entonces Alfonso IX de León. E incluso en la zona se estableció por aquel entonces y hasta finales del siglo XV un monasterio femenino de Sancti Spíritus, habitando por una comunidad de mujeres que llegó a concentrar un importante patrimonio a través de donaciones recibidas y de diversos bienes en concepto de herencias.

    Pero el castillo de Villares de Yeltes, como muchos otros de la provincia salmantina, alberga también una curiosa historia, protagonizada por uno de sus señores, Antón de Paz, un personaje peculiar que fue corregidor de Ciudad Rodrigo hasta 1475. Tras participar activamente en las disputas nobiliarias de los bandos en la capital charra, poco después secuestra a doña Elena de Ocampo cuando regresaba a su casa de Tamames. Según cuentan las crónicas, “ayudado por cierta gente armada, toma presa a aquélla y la lleva a su heredad de los Villares. Pecando, tal vez de exceso de imaginación, podemos ver a doña Elena recluida en el castillo de Villares”.

    Tras estas peripecias, la fortaleza del Corro de las Cercas pierde paulatimente su importancia, sobre todo cuando en el siglo XVI la familia nobiliaria propietaria se construye una mansión señorial que se conoce como El Palacio, pasando a ser su residencia habitual. No obstante, las contiendas bélicas devuelven entonces el protagonismo al castillo.

    No podía ser de otra manera, como se repite en tantas fortalezas repartidas por la geografía salmantina, cuyo origen y utilización se ciñe a motivos estrictamente militares. Al producirse la rebelión de Portugal en 1640, comienza una guerra que se prolongaría durante casi tres décadas y convierte de nuevo a las zonas fronterizas con el vecino país luso en objeto de ataques y saqueos por parte de los destacamentos enemigos. Prácticamente todas las poblaciones de la zona del Yeltes sufrieron los efectos de las incursiones portuguesas, convirtiéndose en causa principal del inicio de una incipiente despoblación en los núcleos del oeste salmantino, perdiendo su identidad como pueblos y aldeas, pues muchos pasaron a ser simples alquerías y localidades deshabitadas.

    El castillo es entonces ocupado temporalmente por grupos de portugueses armados, provocando importantes destrozos y su desmantelamiento. Apenas medio siglo después, el torreón de Villares de Yeltes presenta ya un deteriorado estado, sin los suelos de madera que dividían las estancias y sin la escalera interior, un proceso de abandono y desperfectos que se acrecentó a comienzos del siglo XVIII con la Guerra de Sucesión tras la ocupación de las tropas de Felipe de Anjou, a pesar de que se propuso la reparación y acondicionamiento como reducto militar.

    Del castillo sólo queda hoy el torreón y algunos restos de los muros del recinto que lo acompañaban. Se aprecian los arranques de un arco que salvaría la distancia entre el lienzo paralelo del muro norte y la torre, de planta rectangular, construida en mampostería de pizarra y esquinada en granito. El espacio interior, tras un muro de 1,80 metros de grosor, estaba dividido en cuatro plantas con pisos de madera, abriéndose varias troneras para el uso de la artillería. Desde entonces, el inexorable paso del tiempo ha hecho mella en un monumento que, a pesar de estar protegido por el Decreto de 1949 y la Ley de 1985 sobre el Patrimonio Histórico Español, espera tiempos mejores y mira con envidia cómo otras fortalezas recobran su perdido esplendor gracias al auge del turismo rural.

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