Castillos y fortalezas de Salamanca: Santibáñez de Béjar

    Los dorados campos de Castilla y León se tiñeron de bermellón durante siglos mientras en la corte se tejían conspirativas telas de araña en busca de amasar terrenos que dominar y pueblos que oprimir. Dentro de este peculiar tablero de ajedrez, los castillos jugaron un papel fundamental como fortalezas defensivas, en algunos casos, o como atalayas desde donde controlar el avance del enemigo, en los más

    La historia de España se escribe desde sus albores con letras de sangre, derramada en la mayoría de los casos como consecuencia de cruentas batallas entre hermanos. Desde la Edad Media hasta hace apenas setenta años, numerosas guerras han sacudido a los habitantes de la piel de toro con el poder como ominoso trasfondo que motivó en ocasiones interminables y viscerales enfrentamientos. Los dorados campos de Castilla y León se tiñeron de bermellón durante siglos mientras en la corte se tejían conspirativas telas de araña en busca de amasar terrenos que dominar y pueblos que oprimir. Dentro de este peculiar tablero de ajedrez, los castillos jugaron un papel fundamental como fortalezas defensivas, en algunos casos, o como atalayas desde donde controlar el avance del enemigo, en los más. Es el caso del torreón de Santibáñez de Béjar, protagonista del decimocuarto capítulo de esta serie dominical sobre los testigos mudos de la historia en la provincia de Salamanca.

    El territorio que hoy conocemos como la Comunidad Autónoma de Castilla y León no siempre estuvo unido. Cual torrentes desbocados que buscan alcanzar el mismo valle donde fluir, los reinos de León y Castilla actuaron de manera independiente durante décadas a partir de la repoblación del siglo XII. Cuando a Salamanca llegan pueblos del norte con el fin de asentarse por orden del rey Alfonso VI y su yerno Raimundo de Borgoña, los reinos de León, Castilla y Portugal forman parte de un mismo todo, pero en 1140, el conde de Portugal se proclama y actúa como monarca independiente.

    Unos años más tarde, el testamento de Alfonso VII divide sus posesiones entre sus hijos, iniciándose un periodo basado en una relación de amor y odio entre dos reinos históricos, Castilla y León, que a veces lucharon juntos contra el invasor árabe pero en la mayoría de las ocasiones trazaron abiertas disputas por un mayor control del territorio conquistado a pesar de haber firmado el Tratado de Sahagún, por el cual fijaron unas fronteras a respetar mientras sometían a Portugal para repartirlo posteriormente, al mismo tiempo que avanzaran en pos de concluir la anhelada Reconquista que lograra expulsar a los musulmanes de la Península Ibérica.

    En este conflictivo contexto histórico surge en los primeros años del siglo XIII el torreón de Santibáñez de Béjar, configurando una línea de centinelas junto con la atalaya de Cespedosa de Tormes y la ya desaparecida de La Cabeza de Béjar. Tales lindes habían establecido que este municipio formara parte del reino de Castilla, mientras lo que hoy es Guijo de Ávila perteneciera ya al reino de León. Situado en una loma junto a una vieja encina, a las afueras de la localidad, este torreón cumplió a la perfección su papel de vigilancia en un camino dotado antaño de gran importancia pecuaria. Fue mandado levantar por el marqués de Fuente de Sol y al parecer también tuvo adosada una casa fuerte de la que actualmente no hay vestigios. Incluso se habla de la existencia de una segunda torre en la otra ladera de la calzada, formando una especie de aduana fronteriza entre Castilla y León, pues en Santibáñez de Béjar existe una calle que lleva por nombre Las Torres, lo que hace intuir la presencia de esta antigua forma de una fortaleza de la que hoy sólo se conserva una deteriorada atalaya.

    Con la llegada al poder de Fernando II de León se acrecientan las tiranteces entre castellanos y leoneses al proceder a la repoblación de Ciudad Rodrigo, provocando así una carrera de intrigas y esperpénticas alianzas para tratar de debilitar al vecino reino en pos del avance hacia el sur. Fue en esta época cuando la fortaleza de Santibáñez de Béjar vive su mayor ajetreo, hasta que Alfonso IX accede a la corona de León e inicia su mandato con el reconocimiento de la superioridad del rey castellano, del que aceptó ser vasallo, hecho de sobra narrado en la historia de España al provocar el malestar de una de sus figuras más insignes, El Cid, quien consideró una humillación besar la mano del rey castellano.

    Pero estos años propiciaron la reunificación de los reinos en la figura de Fernando III el Santo, culminando así varios siglos de luchas fratricidas. Finalizado este conflicto con la simbiosis de ambas coronas, la fortaleza de Santibáñez de Béjar pierde su importancia estratégica y se transforma, como muchos otros castillos de la provincia charra, en herramienta de los nobles para la dominación de la plebe, dentro de un proceso de señorialización que duraría hasta el siglo XV. Desde entonces, pasa por diferentes dueños, que le van restando prioridad, por lo que se ha ido deteriorando progresivamente hasta presentar en la actualidad un preocupante estado de ruina.

    De propiedad particular aunque acceso libre (en 1937 pertenecía a Pascual Cejuela Sánchez, según consta en el inventario de castillos y fortalezas realizado por el padre Antonio García Boiza), el torreón de Santibáñez de Béjar tiene una planta cuadrada de 6,6 metros de lado, compuesta en su día por tres pisos: el bajo se destinaba a caballerizas, el primero para los guardianes, de ahí los muros artilleros y tragaluces, mientras que el piso superior estaba compuesto de habitaciones donde estaban dos almenas y un tejado a dos aguas, del que no quedan restos. Entre su estructura también destaca la puerta, muy estrecha con arco apuntado y escasos vanos destinados a la instalación de elementos defensivos en caso de ataque.

    A pesar de contar con la protección del Decreto de 1949 y la Ley de 1985 sobre el Patrimonio Histórico Español, catalogación de la que también gozan los demás castillos y fortalezas de la provincia de Salamanca, actualmente este torreón es pasto del recuerdo, un ejemplo más de cómo el célere paso del tiempo pasa factura sin dilación cual precisa bacteria capaz de aniquilar al mayor de los colosos. Hace tres décadas, el Ayuntamiento de Santibáñez de Béjar proyectó la construcción de un parque municipal y una zona de ocio que contemplaba la restauración de este monumento, para lo cual se iniciaron negociaciones de compra del torreón, pero no llegaron a buen puerto y desde entonces el sino de esta atalaya parece estar ligado al de otros tantos pedregosos edificios que apenas son la sombra de su glorioso pasado y la riqueza de las historias y anécdotas que albergaron, pero irremediablemente han quedado relegadas para siempre allá donde habita el olvido.

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