Castillos y fortalezas de Salamanca: Montemayor del Río

    Situado en la cima de un pequeño monte a escasos metros del río Cuerpo de Hombre, escondido en un verde valle de castañares junto a la frontera de Cáceres, el castillo de San Vicente, como se conoce a esta fortaleza, surge a principios del siglo XIV sobre una estructura anterior fruto de los avatares de las luchas contra los portugueses, por el oeste, castellanos, por el este, y musulmanes por el sur

    El hombre es un animal comunicativo por naturaleza. Durante siglos, ha buscado interrelacionarse y todas las civilizaciones han basado su progreso en la búsqueda de otros pueblos, tejiendo interminables telas de araña de arena, primero, piedra y asfalto, después. En este proceso comunicativo, los caminos y calzadas jugaron un papel fundamental para el desarrollo. Los romanos lo sabían muy bien, de ahí la creación de sendas comerciales como la Vía de la Plata, que atraviesa la provincia de Salamanca cual arteria de vida comercial en una zona donde jugó un importante papel durante la Edad Media y siglos posteriores. En su trayecto se apilan definidos puntos estratégicos, posiciones privilegiadas como Montemayor del Río, cuyo castillo es objeto del decimotercer capítulo de la serie dominical sobre estos testigos mudos de la historia.

    Situado en la cima de un pequeño monte a escasos metros del río Cuerpo de Hombre, escondido en un verde valle de castañares junto a la frontera de Cáceres, el castillo de San Vicente, como se conoce a esta fortaleza, surge a principios del siglo XIV sobre una estructura anterior fruto de los avatares de las luchas contra los portugueses, por el oeste, castellanos, por el este, y musulmanes por el sur.

    La localidad, como Concejo de Villa y Tierra, tuvo especial relevancia en la contienda bélica entre cristianos y musulmanes hasta la reconquista del pueblo a mediados del siglo XI y se convirtió en principal objetivo para afianzar el paso al sur del Sistema Central. Pero esta relevancia, como solía ocurrir en la Edad Media, originó enfrentamientos nobiliarios por su posesión según a la rama familiar real de la que fueran vasallos, sobre todo a partir de la unificación de las coronas de León y Castilla. Por este motivo, la villa, y con ella su castillo, pasó por diversas manos entre los siglos XIII y XV, una época convulsa con destierro y hasta el secuestro de un rey. Tal era el valor de esta codiciada fortaleza con una privilegiada posición en la Calzada de la Plata (o Guinea, como se la llamaba en la época medieval), cañada ganadera por excelencia, un enclave fundamental para el equilibrio de fuerzas entre los combatientes.

    No es hasta el siglo XV cuando llega la calma, como se suele decir, después de tanta tempestad, instaurándose el Mayorazgo de Montemayor por el alférez mayor del rey, Juan Silba, noble de un linaje asentado en Toledo pero de origen portugués, quien recibió instrucciones y distinciones del monarca Juan II de Castilla. Fue su hijo, el príncipe don Enrique, quien donó la villa. El castillo se transforma en residencia palaciega, pues con la llegada de los pobladores castellanos, la atalaya defensiva había perdido sus elementos árabes para incorporar otros nuevos. Así, en las siguientes generaciones, la localidad pasa a ser Marquesado, ya que Juan Ribera de Silba hereda con la villa el título de marqués de Montemayor.

    Desde entonces, esta familia transmite el castillo de generación en generación, perdiendo relevancia, lo que propicia su abandono y ya en el siglo XVII estaba deshabitado, con graves signos de deterioro. Tras la abolición del feudalismo y la desaparición de los señoríos, el Catastro de la Ensenada confirma un siglo después el estado de ruina de esta fortaleza que ni siquiera despierta el interés de los franceses, siendo un mera zona de paso para sus tropas, que se situaron en las inmediaciones para evitar el paso de las tropas portuguesas que se acercaban desde Extremadura. Y llega así al siglo XX, sin más penas que gloria, con amenaza de derrumbe. Pero el interés de curiosos e investigadores devuelve al castillo de Montemayor del Río al primer plano de la actualidad, comenzando a gestarse un interés turístico. En 1937, el inventario de Antonio García Boiza ya recoge tal uso en este “castillo feudal, con las cuatro torres que lo flanquean y junto al que hay una fuente en el mismo fuste del rollo antiguo, lugar muy pintoresco y muy visitado en verano por los turistas”.

    Con un recinto principal reforzado con torres redondas y cuadradas, entre las que destaca la del Homenaje, en su fachada destaca la puerta principal, que se forma en ángulo dentro de una torre, es de arcos agudo y escarzano, con garita encima. Recuerda a la que existió en la desaparecida torre de Ledesma, lo que avalaría su atribución al infante don Pedro, o a su hijo Sancho, entre los años 1281 y 1312. Las ventanas son adinteladas, habiendo perdido varias de ellas la decoración que tenían al exterior, y las almenas están provistas de troneras redondas y saeteras.

    El perímetro del castillo no es excesivo y está rodeado de una singular muralla que se desprende hacia el caserío de la villa, donde se encuentran la parroquia y casas anejas, una zona que comúnmente se denomina ‘El Cortinar’. Por su parte, el patio interior ha perdido gran parte de la distribución interior, pero por contra se puede apreciar de forma didáctica el esplendor de la construcción. Justo en la entrada se encuentra un pozo que, según cuenta la leyenda, sería la entrada a un túnel que comunicaba el castillo de Montemayor del Río con el Palacio Ducal de Béjar.

    Declarado como Bien de Interés Cultural (BIC) en 1969 y dentro de la catalogación de Conjunto Histórico Artístico que ostenta Montemayor del Río, el castillo protagoniza en el último cuarto del siglo XX una increíble recuperación, fruto del aprovechamiento del patrimonio histórico y monumental como fuente de riqueza turística, iniciándose su restauración en 1996 para convertirse en un complejo hostelero dentro de una red regional de hospederías de lujo. De esta forma, el castillo de Montemayor del Río recobra el esplendor que nunca debió perder.

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