Castillos y fortalezas de Salamanca: Sobradillo

    Desde una ventana de este torreón se divisa el Sierra de la Horca, era la última visión de los ajusticiados

    Durante siglos, los pueblos de la provincia de Salamanca han pertenecido a reyes y nobles que no dudaron en mostrarse despiadados para dominar bajo su yugo a los habitantes de villas y aldeas que buscaban un futuro mejor. La Edad Media y los primeros compases de la Edad Moderna fueron un claro ejemplo de esta cruel ostentación, ejercida desde sus fortificados pedestales. Los castillos, como símbolo de poder, albergan curiosas historias que milagrosamente sobreviven de generación en generación, como ocurre en Sobradillo, protagonista del undécimo capítulo de la serie dominical sobre estos pedregosos testigos mudos de la historia.

    Construido hacia el siglo XV sobre una torre anterior, probablemente del siglo XII, de buena mampostería y con sillares bien labrados en las esquinas, el castillo surge como fortificación defensiva en la frontera con Portugal al amparo del cercano castillo de San Felices de los Gallegos, de ahí sus parecidos torreones. Es ésta una época de cambios en los reinos, de permeabilidad de la frontera, de ahí que esta zona estratégica tuviera varios vigías de piedra para avisar del avance de los enemigos.

    Tras varios cambios de posesión de la villa entre el duque de Alburquerque y sus herederos, doña Beatriz de Portugal, don Sancho y doña Leonor de Castilla, el castillo llega a principios del siglo XV a manos de la familia Rodríguez de Ledesma, emparentada con los Ocampo. Es ésta la época dorada de un castillo que se yergue impasible al inexorable juez del tiempo en el mismo centro de la villa, con la llegada de numerosos nobles y miembros de la Corte real.

    Al contrario que otras fortalezas de la provincia, cuyos muros permanecen anónimos al paso del tiempo, el torreón de Sobradillo alberga un dato epigráfico junto a una ventana en ajimez. En un sillar granítico aparecen las armas de Alonso Rodríguez de Ledesma y Ocampo, señor de esta localidad a finales del siglo XV. Y es precisamente esta ventana de doble bordura camponada, en cuyo interior se advierten ocho lunas menguantes adosadas y cuatro torres de ajedrez, la protagonista de la historia del castillo de Sobradillo, pues desde ella se divisa el Sierro de la Horca.

    Según cuenta el saber popular, hasta no hace mucho tiempo existía en dicho lugar una piedra grande y redonda con un agujero en el medio. La razón, muy sencilla. Allí se clavaba un palo para colgar a los condenados a la horca, pena que los señores imponían a sus vasallos infieles. Y siguiendo un ritual para quienes se encomendaban al destino del más allá, antes de la ejecución miraban hacia dicha ventana en ajimez del castillo, la más palaciega de todas, desde donde los señores daban la señal para iniciar el ahorcamiento o la absolución del reo, cual emperadores romanos administrando justicia en el circo para los gladiadores vencidos y los cristianos perseguidos por leones.

    Desde entonces, el castillo de Sobradillo fue pasando por diversos propietarios, como los herederos de los Rodríguez de Ledesma en el siglo XVI, los Ocampo y los Garci López de Chaves en el siglo XVII, dejando paso al marquesado de Cardeñosa, y sus herederos durante el siglo posterior, como consta en el catastro del marqués de Ensenada en 1752 o el Libro de Bastón del Corregimiento de Ciudad Rodrigo en 1770. Durante esta época, la fortaleza sufre la inevitable acción del hombre como consecuencia de las sucesivas contiendas bélicas en la frontera lusa, procediéndose a la demolición de sus defensas naturales por orden del gobernador de San Felices durante la Guerra de Sucesión.

    Así llega lo que fue castillo y fuerte, fabricado de piedra y cal, con su foso, cubos y baluarte, al siglo XIX, pasando a manos del conde de Luque, que también goza de los privilegios como marqués de Cardeñosa, Algarinejo, Valenzuela y señor de Zuero, pero pierde todo derecho sobre la localidad con motivo de la victoria municipal en el pleito del Noveno, en 1851, precisamente un año antes del que se se celebra cada segundo domingo de mayo en la vecina San Felices de los Gallegos, protagonista también de este logro vecinal frente al poder de la nobleza.

    En ese momento, el castillo pasa a ser propiedad del Estado español. dependiendo del Ministerio de Educación Nacional y ya en julio de 1970 se deriva a la Dirección General de Bellas Artes, organismo entonces bajo el Ministerio de Educación y Ciencia. Tras más de un siglo de abandono y de comienzo de ruina, en 1985 se cede el uso, que no su propiedad, a la Comunidad de Castilla y León, iniciándose así un ambicioso proyecto de recuperación que culminó con su transformación en la Casa del Parque Natural Arribes del Duero, un aula didáctica donde mostrar la peculiar riqueza natural de esta comarca única en toda Europa.

    Con una altura de 18 metros, 80 metros cuadrados de superficie, 8 de anchura y un grosor de los lienzos de metro y medio, el castillo de Sobradillo aún conserva una bella y esbelta torre, así como restos de un palacio feudal. En el centro de sus lienzos y en la parte alta posee garitones cuadrados sobre modillones y otros redondos en las esquinas. Su alto parapeto se completa de grandes almenas con troneras y saeteras. Antiguamente estaba dividido en tres pisos de madera, destacando en el segundo los restos de una gran chimenea.

    Hoy día se ha convertido en un ejemplo de lo que puede suponer la recuperación del patrimonio histórico y monumental en la provincia de Salamanca. Una buena manera de evitar que la historia se pierda en un mundo cada vez más alocado y célere donde las pequeñas historias que forjaron el devenir de los pueblos pasan a un polvoriento rincón allá donde habita el olvido.

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