Castillos y fortalezas de Salamanca: Alba de Tormes

    El ave fénix de la casa ducal, erigido como pequeña torre sobre una colina durante la Edad Media, devastado por las contiendas anteriores a la época de los Reyes Católicos pero reedificado y convertido en palacio por los primeros duques de Alba, destruido durante la Guerra de Independencia contra los franceses a comienzos del siglo XIX pero restaurado por el Ayuntamiento y la Junta para su uso turístico

    Mientras la mayoría de los castillos de la provincia de Salamanca agonizan por el inexorable paso del tiempo y la ausencia de mecenas que oigan sus pedregosos llantos para restaurarlos, todavía quedan ejemplos de fortalezas que, cual Ave Fénix, renacen constantemente de sus cenizas, como si estuvieran destinados a permanecer erguidos para que las historias que albergan sus silenciosos muros no pasen al rincón del olvido. El castillo de Alba de Tormes es un claro ejemplo de ello, erigido como pequeña torre sobre una colina durante la Edad Media, devastado por las contiendas anteriores a la época de los Reyes Católicos pero reedificado y convertido en palacio por los primeros duques de Alba, destruido durante la Guerra de Independencia contra los franceses a comienzos del siglo XIX pero restaurado por el Ayuntamiento y la Junta para su uso turístico.

    Como sucede con muchos castillos, el origen concreto de la fortaleza palacio de Alba de Tormes es incierto, pudiendo aportarse una fecha aproximada a 1430, año en que si iniciaría la construcción por parte de Gutierre de Toledo, obispo de Palencia y origen del actual linaje de la Casa de Alba, tras recibir la villa de manos del rey Juan II. Precisamente el ascenso que esta familia protagonizó en la Corte fue directamente proporcional al progreso del castillo heredado por Fernando de Toledo, aunque no sin sobresaltos, pues el propio Juan II le confiscó la villa, y por tanto el castillo, tras ser encarcelado durante seis años. Liberado por el siguiente rey, Enrique IV, don Fernando recupera la villa, pero no el castillo, que aún continuó en posesión del monarca tres años más.

    Tras varias décadas de incertidumbre incluso con cierto abandono a su suerte del castillo, la llegada de García Álvarez de Toledo se produce el inicio de la época de esplendor de la localidad del Tormes al convertirse en 1472 en duque de Alba. Este título conlleva al mismo tiempo una serie de obras en el castillo, transformando el viejo edificio en una fortaleza palaciega acorde con el rango que ostentarían los Álvarez de Toledo durante los siglos XV y XVI. Es en esta época cuando artistas de primera talla por aquel entonces acometen la construcción de las torres cuadradas llamadas Cuarto de San Gerónimo, Torre del Rey o Torre Blanca y la Torre del Arzobispo, que se completan con la Torre de la Armería o Torre del Homenaje, la única que hoy día se conserva en pie.

    Pero si hay una persona que impulsa el castillo de Alba de Tormes es don Fernando Álvarez de Toledo, tercer duque de Alba, que pasará a la posteridad como el Gran Duque por su contribución a la historia de España con sus innumerables victorias militares al servicio de los reyes Carlos I y Felipe II.

    Durante su vida, el Gran Duque apuesta de lleno por el castillo como centro de poder y para ello lo enriquece tanto cuantitativa como cualitativamente. Así, la Torre del Homenaje se ilustra con coloridas y majestuosas pinturas de Cristóbal Passin y Miguel Ruiz de Carvajal como exaltación del duque con escenas alusivas a la Batalla de Mühlberg y escenas alegóricas. Mientras, en la Torre Blanca se construye una galería de estilo italiano con mármoles de Carrara. Por si fuera poco, la galería del patio principal se distribuía en bellas columnas de mármol con catorce arcos. Medallas, bustos de bronce sobre pedestales, la mejor vajilla del Imperio… el castillo de Alba de Tormes era el mejor ejemplo del lujo de la época. Hasta la innovación ‘tecnológica’ se hallaba intramuros, con un peculiar sistema de cisternas para recoger el agua de la lluvia.

    Tal era la grandeza de don Fernando Álvarez de Toledo y la pasión que tenía en su fortaleza palaciega, que se decanta de lleno por su conservación como patrimonio histórico y museístico. De hecho, en 1575 decide depositar allí toda la artillería ganada en las campañas militares por Alemania, Flandes e Italia. Así se recoge en los documentos que han llegado a nuestros días: «Todo ello lo trajimos con grande costa y trabajo nuestro y lo pusimos y lo tenemos puesto la mayor parte de ello en la nuestra fortaleza de Alba para que perpetuamente esté en nuestra casa y ser toda enteramente della y de sus sucesores sin que ninguno la pueda disminuir, dividir ni desmembrar». Pero los posteriores monarcas no respetaron los deseos del Gran Duque y esta artillería fue empleada durante la Guerra de Sucesión en el siglo XVII, pues diversos estudios de investigadores han demostrado que en Alba había sesenta cañones en 1637 y setenta años después se fundieron cuarenta.

    Es el sino de la historia. Como si de un fatal presagio se tratara, a los cañones siguió el progresivo desmantelamiento de todo el castillo ducal hasta la Guerra de Independencia, momento en que la villa y su puente sobre el Tormes se convierten en zona estratégica. Bien por el desmantelamiento que ejercieron sobre este monumento las tropas francesas durante la batalla contra el ejército español a finales de 1809 y después con motivo de su retirada al ser vencidos en la Batalla de Arapiles, bien por el celo atacante del guerrillero Julián Sánchez ‘El Charro’, el castillo de Alba de Tormes fue prácticamente destruido, conservándose únicamente la Torre del Homenaje.

    El aspecto ruinoso que entonces presenta la fortaleza albense se convierte en una jugosa cantera para los vecinos de la villa ducal, que poco a poco comienzan a llevarse peculiares recuerdos de la zona. Muchas casas de Alba de Tormes, pero sobre todo su Plaza Mayor, conservan alguna de las piedras del que en su día fuera castillo ducal, empleadas para la construcción de viviendas con un toque artístico autóctono.

    Desde entonces, tanto sólo la Torreo del Homenaje se conservó casi intacta y la erosión del terreno fue cubriendo poco a poco las ruinas de la fortaleza. Hasta que en 1960 el primer marido de la actual duquesa de Alba, Luis Martínez de Irujo, raspó con un dedo el encalado de la pared de esta dependencia y descubrió pintura debajo de la cal. De inmediato hizo traer especialistas del Museo del Prado para que recuperaran los frescos renacentistas de Passin que, tal vez para no incitar a los franceses a destruir más patrimonio cultural español, se habían difuminado bajo una gruesa capa blanca.

    Las posteriores excavaciones arqueológicas han ido descubriendo el esplendor que tuvo el castillo y en 1991 la Casa Ducal lo cedió al Ayuntamiento de Alba de Tormes para su uso turístico. Y así ha sido, habilitando en la parte baja de la Torre del Homenaje un museo con los restos de bustos, cerámicas y monedas de la época, mientras que en la primera planta se pueden observar los frescos y documentos medievales. Tras la restauración llevada a cabo desde 2003, la parte superior del monumento se ha convertido en un mirador desde donde divisar toda la comarca a vista de pájaro, y también se ha reformado la cúpula y habilitado para el público la bóveda superior, que de oscuro palomar se ha convertido en otra sala museística más. Las posteriores excavaciones arqueológicas en todo el entorno del castillo lo han transformado en un museo didáctico con un recorrido sobre las ruinas que, a través de pantallas explicativas, recuerda la historia y las peculiaridades de cada dependencia, además un parque público en todo el perímetro de esta fortaleza que siempre remonta el vuelo.

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