Castillos y fortalezas de Salamanca: San Felices de los Gallegos

    Un claro ejemplo del afán dominador que siempre albergaron reyes y nobles y, por tanto, su granítico castillo rebosa anécdotas por cada una de las miles de piedras que lo componen, más si cabe al haber sido posada de personajes de alta alcurnia que protagonizaron algunos de los pasajes más importantes en la Historia de España a partir de la repoblación iniciada en el siglo XII

    FuenteRaúl Martín

    La frontera entre España y Portugal siempre fue una zona estratégica. Durante siglos, los diferentes mandatarios a ambos lados de ‘La Raya’ han considerado el oeste de lo que hoy es la provincia de Salamanca como una privilegiada almena rebosante de poder, de ahí que sus castillos y fortalezas hayan sido objeto de numerosas disputas por el control de este jugoso territorio, deliciosos pasteles endulzados de litigios y rivalidad que concedieron al poniente charro un peculiar recorrido por una serpenteante senda de asedios, conquistas y posesiones.

    San Felices de los Gallegos fue un claro ejemplo del afán dominador que siempre albergaron reyes y nobles y, por tanto, su granítico castillo rebosa anécdotas por cada una de las miles de piedras que lo componen, más si cabe al haber sido posada de personajes de alta alcurnia que protagonizaron algunos de los pasajes más importantes en la Historia de España a partir de la repoblación iniciada en el siglo XII por el rey leonés Fernando II, otorgando a esta villa un interés defensivo ante los vecinos lusos. Un devenir que la fortuna o el destino quisieron conservar en múltiples escritos que se han sucedido época tras época, llegando a un perfecto estado de conservación para el disfrute y admiración de generaciones venideras.

    Surgido probablemente a raíz del asentamiento de un antiguo castro prerromano, el castillo de San Felices de los Gallegos fue levantado a finales del siglo XIII por Dionís ‘El Edificador’, sexto rey de Portugal, tras ocupar la villa en su afán por recuperar los territorios que un día compusieron la provincia romana de Lusitania. Y es que Portugal había pasado de ser una provincia de España e incluso un condado a transformarse en un reino.

    Precisamente esta localidad protagoniza un episodio de su boda con Isabel de Aragón, quien pasaría a la posteridad como Santa Isabel de Portugal, al recibir su llegada para contraer nupcias con el monarca luso en Trancoso fruto de un matrimonio de conveniencia sellado con Pedro III para que su hija, de apenas doce años, fuera la moneda de cambio que apaciguara los ánimos conquistadores de don Dionís en la codiciosa zona conocida como Riba de Coa. Este hecho se rememora cada mes de agosto con la representación de unas bodas reales en las que participa todo el pueblo y que incluso recrean un mercado medieval. Sin embargo, el monarca portugués no se confió, levantando el castillo no con el objetivo de defender a la villa de un posible regreso de los moros, sino más bien de posibles ataques de los reyes castellanos, una construcción que tuvo atareados durante años a los resignados habitantes de San Felices de los Gallegos.

    Pero los designios cambiaron y la localidad retornó en el siglo XIV a manos castellanas, ocupando la atalaya fastuosos caballeros. Entre ellos destaca el conde don Sancho de Castilla, que dejaría viuda a doña Beatriz, infanta de Portugal. Encinta y apesadumbrada, quiso pasar sus últimos días en San Felices junto a su hija, Leonor de Castilla, de quien se decía que tenía cabellos como filos de oro. El castillo pasa a ser entonces una apacible y tranquila morada entre reinos, cuya parte superior se antoja como un indescriptible mirador desde donde otear los dilatados horizontes de Castilla y Portugal. Fue aquélla una época de distinción para la villa, pues doña Beatriz no prescindió de su cortejo de damas y servidores, farautes y ministriles, soldados y caballeros que otorgaron una estampa de elevado linaje por cada uno de los rincones que acogían estas vistosas comitivas. Fastuosos tapices, damascos y brocados adornaban una torre repleta de ricas pertenencias.

    El siglo XV se convierte en una montaña rusa para el castillo de San Felices de los Gallegos y su posesión pasa de portugueses a castellanos cual falsa moneda que deambula de mano en mano. Esta fortaleza presencia inmutable el paso de los diez mil lusos del príncipe don Juan de Portugal y cómo se entrega la plaza sin pelear. Tal es la importancia estratégica de la villa y su atalaya que en Salamanca se decía: “Si San Felices se pierde, no hay hasta aquí fuerza alguna que pueda hacer resistencia”. Derrotados los portugueses en la batalla de Toledo, algunas de sus villas, entre ellas San Felices, guardaba aún el favor de los lusos debido al mando de Gracián de Sessé, a quienes los lugareños pasaron factura en uno de los episodios más emocionantes en la historia de esta localidad del oeste salmantino. Viendo ya derrotados a los portugueses y no pudiendo soportar más el yugo extranjero, los vecinos de la villa se alzaron en armas una de las primeras mañanas de abril de 1476 al grito de “¡La villa por doña Isabel!”. Tras amotinarse contra su señor, lo apresaron y colgaron de la torre de las campanas con la ayuda de caballeros llegados desde los cuatro puntos cardinales de la provincia charra.

    Ese mismo año, los Reyes Católicos conceden el castillo a García Álvarez de Toledo, primer duque de Alba, quien colocó el escudo real en las dos torres albarranas pentagonales del recinto amurallado en señal de lealtad y levantó la actual Torre del Homenaje. Posteriormente, en el siglo XVII, sus descendientes levantan a su alrededor una barrera abaluartada para defenderse durante la guerra con Portugal y posteriormente del avance de la invasión francesa. Bajo el mando de la Casa de Alba, San Felices de los Gallegos inicia un periplo de amor-odio como consecuencia de la imposición del Noveno, por el cual los vecinos debían entregar a los duques la novena parte de sus beneficios, una tradición que se recuerda el segundo fin de semana de mayo tras ganar el pueblo en 1852 el litigio histórico por el que se derogaba esta obligación. Desde entonces, el castillo es un fiel reflejo del declive que sufren los pueblos del oeste salmantino hasta el siglo XX, llegando en ocasiones incluso a utilizarse como almacén, un testigo mudo de la historia que comienza a desmoronarse a pesar de la declaración de la villa en 1965 como Conjunto Histórico Artístico.

    No es hasta hace unos años cuando su inclusión en la Ruta de las Fortificaciones de Frontera, junto a Ciudad Rodrigo, Aldea del Obispo y Almeida, convierten a la Torre del Homenaje, de propiedad particular, y sus murallas, en este caso municipales, en referentes turísticos y por tanto se acomete su restauración para dotarlo de acceso libre al público. Gracias a la colaboración entre Ayuntamiento, Diputación de Salamanca y Junta de Castilla y León, se procedió a la rehabilitación y adecuación de la torre, recuperando los forjados y pisos perdidos, limpiando además la cantería y terraza superior. Los elementos arquitectónicos exteriores también fueron restaurados. Así, hoy día esta fortaleza alberga un aula didáctica distribuida en tres plantas que permite conocer de manera gráfica y amena su evolución, repasando algunos de sus rincones como el antiguo aljibe y el calabozo, además del devenir histórico de la arquitectura militar en las guerras contra los moros en la Edad Media, contra Portugal en la Edad Moderna y posteriormente contra los franceses en la Guerra de la Independencia.

    Ejemplo de la poliorcética castellana, es decir, del arte de atacar y defender las plazas fuertes, el castillo de San Felices de los Gallegos está compuesto por la Torre del Homenaje, la barrera artillera exterior de forma más o menos cuadrangular, el espacio de acceso a la torre principal y otra barrera o falsabraga a intramuros del recinto primitivo, todo ello apoyado en una Cerca Vieja. De entre el conjunto destaca la torre, de casi 27 metros de altura, un fiel reflejo de las planimetrías transmitidas por los ingenieros militares para una zona donde era constante la tensión de los vecinos por saber bajo el mando de quién se acostarían y con quién amanecerían.

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