Viaje impresionista a Los Arribes salmantinos

    Siguiendo los pasos de Unamuno en su visita a la zona en 1902

    FuenteCarlos Velasco
    Paraje de Ambasaguas en Villarino de los Aires, con el Duero cortado y el Tormes casi seco./ FALCAO

    Cuando llegamos a Villarino de los Aires, las gentes andaban excitadas con la noticia del bastardo colosal avistado en las espesuras del paraje de Ambasaguas. Pudimos escuchar las explicaciones que un vecino ofrecía a la parroquia en el bar Corcho, el grosor descomunal de la bestia, como el brazo de un hombre, y la pelambrera fosca y espesa que exhibía en la cabeza.

    Algunos comentaban que los agentes del Seprona llevaban varios días tratando de capturar sin éxito a tan notable animal. Incluso se especulaba con que no fuera bastardo, sino alguna especie de boa que hubiera recalado en estos andurriales debido a esa moda absurda y hampona del tráfico internacional de animales exóticos.

    La psicología popular se enciende con las historias de bastardos, a los que atribuye la capacidad de succionar las ubres de vacas, ovejas e incluso de mujeres recién paridas sin que noten el chupeteo lácteo. Reptiles inteligentes y dotados de otras muchas habilidades, como erguir la cabeza y silbar para asustar a un posible peligro, hipnotizar a pequeños pájaros para atraparlos, hincar la cabeza para propinar fuertes latigazos o morderse la cola para hacer un aro y huir rodando a gran velocidad.

    La tradición cristiana, que es uno de los pilares de la cultura occidental, ha demonizado a todo tipo de culebra. El diablo mismo se encarna en la serpiente que invita a la curiosa Eva a probar el fruto del árbol prohibido. Las creencias sobre la perfidia de las culebras están muy arraigadas en lo más íntimo del alma de las gentes sencillas y rurales.

    El río Duero se nos antoja el gran bastardo de Los Arribes, la enorme culebra que zigzaguea y desgarra el paisaje peñascoso desde los límites de Zamora hasta la frontera portuguesa de Barca d’Alva en los confines de la provincia de Salamanca. Hondos tajos, erizadas gargantas, súbitas escotaduras, erguidas fayas… He aquí el hábitat abrupto por el que discurre el cauce reptil del Duero y el de su prole ubérrima: Tormes, Camaces, Huebra…

    Los/las Arribes

    Mirador de la Peña La Vela, con el Duero al fono del cañón, en Los Arribes del Duero./ FALCAO
    Mirador de la Peña La Vela, con el Duero al fono del cañón, en Los Arribes del Duero./ FALCAO

    El primer problema al que se enfrenta el viajero cuando se adentra en el territorio recóndito de la Ribera es el del artículo que ha de anteponer al sustantivo: ¿Los Arribes o Las Arribes? El diccionario de la RAE admite ambas posibilidades. Nosotros preferimos el masculino, que es el que empleó don Miguel de Unamuno en los escritos que redactó tras sus viajes a la zona, ñen 1898 y 1902.

    Unamuno no solo quedó fascinado con el paisaje, también con el paisanaje y su rico vocabulario, un copioso caudal de voces y giros propios del habla popular. De esta indecisión en el decir escribió a su amigo Pedro Múgica: «En el espacio de seis pueblos he oído llamar al enebro enjumbre, enjembre, enjimbre, joimbre… No sabe usted bien qué cosecha hay en esta provincia, ir a horcajadas se dice escarrapichao, escarrapuchao, esgarrachao, escarranchao, escarnachao».

    La explicación que nos dan sobre el uso del artículo es que en la zona salmantina los lugareños acostumbran a emplear el femenino, mientras que en los Arribes zamoranos las gentes prefieren el masculino. O sea, algo parecido a lo que sucede con el mar y la mar, es decir, los salmantinos más marineros, y los zamoranos, más de tierra adentro, ay.

    Comenzamos la expedición por los Arribes salmantinos en Villarino de los Aires, en concreto en el punto denominado Teso de San Cristóbal, un antiguo castro vetón en el que ahora se levanta una ermita. Lo que se avista desde aquí, desde el denominado Balcón de Pilatos, no es el Duero, sino el río Tormes en su tramo final, pues su vida se extingue un poco más abajo en el paraje de Ambasaguas.

    En estas alturas recaló Unamuno, a lomos de caballerías, a primeros de mayo de 1902, procedente de la vecina Fermoselle, justo cuando las gentes celebraban la romería del Teso. El rector quedó impresionado con el paisaje, y también con los atuendos y bailes de los lugareños.

    El trío viajero que formábamos Luis Falcón, Paco Cañamero y quien suscribe no abandonamos el Teso de San Cristóbal sin probar a mover la hercúlea piedra que corona el lugar. La naturaleza ha legado el capricho del pesado pedrusco inmóvil que se asienta sobre un pequeño punto, lo cual permite moverlo con la sola fuerza de un hombre.

    Peña El Pendón, una enorme roca oscilante, en el Teso de San Cristóbal de Villarino de los Aires./ FALCAO
    Peña El Pendón, una enorme roca oscilante, en el Teso de San Cristóbal de Villarino de los Aires./ FALCAO

    Ambasaguas: la muerte del Tormes

    Desde la elevación del Teso de San Cristóbal, con Luis Falcón como guía local, enfilamos hacia la zona baja de Ambasaguas, donde en lo fluvial confluyen el Duero y el Tormes, y en lo geográfico, Zamora, Salamanca y Portugal.

    Unos metros por encima de esta paradisíaca encrucijada se levanta la presa portuguesa de Bemposta, pintada recientemente de un color naranja fosforito que desentona totalmente con el paisaje y que ha provocado las protestas de España.

    Ambasaguas es el territorio íntimo de nuestro amigo Luis Falcón, el paraje familiar de su infancia, el cual sintetiza a la perfección su alma demediada, mitad española, mitad portuguesa por la línea paterna, el Falcao apenas acreditado que alguien en el Registro civil de Villarino convirtió en el apellido más conocido de Falcón, con el que firma en los periódicos.

    Hay un extraño impulso en el interior de cada uno de nosotros que, a partir de cierta edad, nos retrotrae a la infancia. Uno está en ese impulso, y acaso también Luis Falcao/Falcón, el cual, como ahora, regresa a menudo a Ambasaguas, que es la puerta espiritual por la que se adentra en el Portugal de sus ancestros. Ese Portugal maravilloso que la parte española había eclipsado y que ahora, de lleno ya en los cincuenta, se le abre con todo el esplendor de los parajes, las gentes, las costumbres, la gastronomía o esa lengua dulce de Camões en Os Lusíadas.

    Vao o vado de Ricardico, en el río Tormes en el paraje de Ambasaguas de Villarino de los Aires./ FALCAO
    Vao o vado de Ricardico, en el río Tormes en el paraje de Ambasaguas de Villarino de los Aires./ FALCAO

    El centro de salud de Villarino no exhibía ya el tráfago de los días de protestas contra el cierre de las urgencias médicas, conflicto en el que Luis Falcao/Falcón ejerció de portavoz. Un asunto que, gracias a las protestas ciudadanas, acabó solucionándose y cuyos ecos resultan ya lejanos.

    Mientras recorríamos las calles, al hilo de las casonas indianas que festonean el casco urbano, hablamos de la importancia del Club de Villarino en La Habana. Pueblo de emigrantes en América que ahora levanta un monumento al burro en una plaza de las afueras, aquel famoso burro muerto que acarreaba la vinagre y al que Dios llevó pronto de esta vida miserable.

    Las distancias en los Arribes son cortas si se traza una línea recta, pero se alargan sobremanera en las carreteras y caminos sinuosos, que han de salvar la orografía abrupta y reptil. En la vecina Aldeadávila compramos un botijo para aliviar los cuerpos del calor asfixiante. Había mercadillo en la plaza de la Iglesia, ese sólido templo parroquial que mira con orgullo desde la altura de su torre el paisaje esplendente que emerge en derredor.

    En Aldeadávila, la apuesta ahora es rehabilitar casas y calles de acuerdo a su arquitectura tradicional, las piedras encastradas en las paredes, como ese estilo almohadillado tan característico del norte de Italia.

    El Mirador del Fraile

    Vista de la presa de Aldeadávila y el río Duero en plenos Arribes del Duero, desde el Mirador del Fraile./ FALCAO
    Vista de la presa de Aldeadávila y el río Duero en plenos Arribes del Duero, desde el Mirador del Fraile./ FALCAO

    En dirección a Masueco de la Ribera, pueblo del Pozo de los Humos, junto a Pereña, nos desviamos para contemplar el embalse de Aldeadávila desde el Mirador del Fraile. Vistas tan espectaculares que empequeñecen al hombre, con las paredes cortadas a cuchillo y los buitres y alimoches planeando majestuosos a tus pies.

    Uno de los problemas para el desarrollo de esta zona es la deficiente conexión a internet, problema que se repite en todo este territorio del Oeste y que alcanza, según nos dicen, a la Sierra de Francia. No son de recibo tales carencias básicas en nuestro tiempo, máxime si se quiere aprovechar el potencial turístico incalculable que alberga este esquinazo en el que confluyen Salamanca, Zamora y Portugal. El propio Unamuno dudada al respecto si le hubieran obligado a optar entre la Sierra de Francia o Los Arribes.

    Aldeaduero e Hinojosa

    Habíamos programado el almuerzo en Aldeaduero, un complejo turístico surgido sobre la base del antiguo poblado de Iberdrola. Nos sorprendió que tras el proyecto estuviera nuestro antiguo amigo Balbino Fraga, fundador y exdirector general del periódico El Mundo. El lugar, a pesar de las elevadas temperaturas, resulta sin duda paradisíaco, a los pies de la central de Saucelle, con el Duero domeñado discurriendo pando hacia Portugal, espejeando la cintura que casi se puede tocar con la mano desde las habitaciones y unas vistas de ensueño. Un centenar de chavales, dentro de un programa educativo abierto por la Universidad de Salamanca, se concentra durantes estos días para el aprendizaje del inglés con nativos. El marco resulta, desde luego, ideal para este tipo de actividades, y también para escapar durante algunos días del mundanal ruido y el estrés.

    Con el alcalde de Hinojosa, José Francisco Bautista, en el paraje de La Vela./ FALCAO
    Con el alcalde de Hinojosa, José Francisco Bautista, en el paraje de La Vela./ FALCAO

    El alcalde de Hinojosa, José Francisco Bautista, también diputado provincial del PSOE por la comarca de Vitigudino, nos acompañó en la visita al mirador Peña La Vela, que se halla dentro del término municipal de Hinojosa, zona escarpada y antiguo paso de contrabandistas. Aquí el paisaje se dulcifica y el Duero se amansa formando recodos idílicos. La mirada se esparce desde estas alturas y abarca enormes extensiones. En días claros puede verse a la derecha el embalse de Saucelle, y Vega Terrón y Barca d’Alva a la izquierda.

    Con el alcalde de Hinojosa (“Hinojosa es otra cosa”, según el dicho popular) hablamos de la conveniencia de dinamizar toda esta zona desde el punto de vista turístico, especialmente de que España aproveche convenientemente sus bondades naturales y la navegabilidad del Duero. Al parecer, cada año remontan el Duero desde Oporto más de 100.000 turistas, todos llegados a través de empresas lusas, mientras que desde España poco o nada se está haciendo al respecto.

    La rehabilitación de la línea férrea entre La Fuente de San Esteban hasta Vega Terrón para usos exclusivamente turísticos sería otro buen reclamo. Esta línea, entreverada de bellos puentes y numerosos túneles, constituiría otro gran atractivo para el visitante, con la posibilidad de dejarlo luego, después de diversas paradas en los pueblos por los que atraviesa la vía, en el muelle fluvial de Vega Terrón para emprender el viaje en barco por el Duero, ya en territorio portugués.

    Un primer paso, aunque insuficiente, se ha dado ya desde la Diputación de Salamanca, al aprobarse una inversión de 800.000 euros para acondicionar un tramo de la misma para que sirva para marchas senderistas.

    Barca d’Alva

    Crucero fluvial en Barca d'Alva, el mayor centro de recepción de visintantes de la frontera./ FALCAO
    Crucero fluvial en Barca d’Alva, el mayor centro de recepción de visintantes de la frontera./ FALCAO

    Concluimos la expedición en Barca d’Alva al anochecer en un ambiente de calor bochornoso. En esta pequeña localidad lusa, de apenas un centenar de habitantes, se hallaban atracados media docena de barcos con las panzas repletas de turistas, acaso unos 1.500 según la capacidad de cada embarcación.

    Los barcos son lujosos hoteles que surcan el río desde Oporto, con paradas en ciertos puntos donde esperan autocares para completar el recorrido turístico. El reclamo del viaje es sobre todo la navegación entre los viñedos apreciados del vino de Oporto, cuya denominación de origen se extiende en la parte portuguesa hasta la tierras colindantes con el embalse Saucelle.

    Según nos comentan, al parecer se proyecta un gran hotel en la zona, lo que redondearía los servicios turísticos que se prestan. También se proyecta un gran festival de música blues en Barca d’Alva en verano, que, finalmente, convertiría este alejado rincón en un importante foco de atracción para el turismo.

    Desde España, una empresa comenzará en breve a proporcionar viajes en barco por el Duero, con visitas complementarias a los numerosos lugares de interés de esta desconocida zona donde el río de Ciudad Rodrigo, el Águeda, se difumina en el Duero, y donde el hermanamiento entre España y Portugal se hace carne.

    Después de varios años, a nosotros el viaje nos sirvió para recordar viejos tiempos y para constatar una vez más las potencialidades diversas que alberga este bello territorio del Oeste salmantino, aún por explotar adecuadamente a pesar del tiempo transcurrido desde que llevamos oyendo hablar del muelle fluvial de Vega Terrón, ay, que se vendió en su momento, y es cierto, como el único puerto de Castilla y León.

    Centro Turístico de Aldeaduero, en Saucelle./ FALCAO
    Centro Turístico de Aldeaduero, en Saucelle./ FALCAO

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