Carlos Velasco - Director de www.noticiascyl.comHoy ha sido un día especial, nuestra cuarta etapa de Camino, en la cual hemos superado esa barrera física y psicológica que son los 100 kilómetros caminando. Etapa emblemática también porque hemos bajado de los 100 kilómetros de distancia a Santiago, que es la mínima que exige la Iglesia a los caminantes para concederles la acreditación oficial de que se ha hecho la peregrinación, es decir, la Compostela.

Salimos de Sarria, camino de Portomarín, bajo un manto de niebla. Sarria es la ciudad más grande del Camino de Santiago en Galicia después de Compostela. Observamos en esta ciudad una concentración inusual de peregrinos. Tiene una explicación: como la Iglesia exige que se hagan al menos 100 kilómetros andando para conseguir la Compostela, muchos peregrinos comienzan su viaje hacia Santiago aquí. Para muchos peregrinos se trata del ‘kilómetro cero’ en su marcha hacia Compostela. Y así, el camino tranquilo y rural que hemos transitado hasta ahora se ha convertido de pronto en la Gran Vía de Madrid.

En el itinerario nos encontramos a mucha gente mayor con grandes dificultades para caminar, y también a personas de menos edad pero que tampoco están adecuadamente preparadas para acometer ni siquiera estos últimos 100 kilómetros hasta Santiago. Una pareja de coreanos, aparentemente jubilados, caminaba con grandes dificultades. Vimos que eran carne del 112. Su suerte fue que al borde del camino encontraron enseguida un albergue con camas libres. Las alquilaron inmediatamente, claro.

Muchas costumbres son comunes a todas la religiones y en todos los lugares de peregrinación. En el Camino de Santiago observamos que se ha importado la moda tibetana de ir dejando piedrecitas superpuestas en algunos puntos, en particular sobre los hitos que señalan el trayecto. Conque la alianza de civilizaciones de Zapatero parece ir surtiendo efecto poco a poco.

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Marchábamos todavía por las inmediaciones de Sarria cuando de pronto escuchamos a lo lejos el sonido de una gaita, un bello sonido que llenaba todo el bosque como una lluvia fina. Era algo insólito, una música que llegaba hasta nuestros oídos y que parecía venir de todas partes. Durante un instante pensamos que las tropas escocesas de William Wallace se disponían a enfrentarse al ejército de Eduardo I de Inglaterra. Luego imaginamos que Núñez Feijoo, tal vez seguidor de estas crónicas viajeras nuestras sobre el Camino de Santiago en Castilla y León y Galicia, enviaba a uno de aquellos mil gaiteiros que despidieron a don Manuel Fraga en su entierro para amenizarnos la caminata.

Pero, no. Se trataba de un joven gaiteiro de Sarria llamado Dani Arias, quien por las mañanas, en vez de dar la tabarra al vecindario con sus ensayos, ha elegido un recodo del Camino en medio del bosque gallego para hacer más agradable la caminata a los peregrinos. Nos detuvimos un rato a escuchar la música de su gaita y a conversar con el joven, al que acompañaba un perro negro de nombre Blacky, poco o nada interesado en la música de su amo y más dado a escarbar entre la maleza, acaso en busca de ratones o topillos.

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Con Dani Arias, el joven gaiteiro de Sarria

En esta aventura viajera estamos comprobando las innumerables ventajas de un teléfono móvil: puedes dictarle la crónica, hacer fotografías y vídeos y enviarlos al periódico, e incluso llamar a Telepizza para que te traiga una pizza a mitad de camino o llamar al 112 si resultara necesario. En fin, todo un mundo de posibilidades que todos estos peregrinos modernos y tecnológicos cultivan con fruición durante toda la marcha.

Seguimos viendo en cada etapa a muchas gentes proclives al estilo de vida hippie o así, con casas rehabilitadas a la vera del Camino donde se ofrece ayuda a los peregrinos. Parece lógico porque el Camino de Santiago lo realiza mucha gente mística o débil espiritualmente por sus circunstancias personales, y es proclive, por tanto, a escuchar a estos iluminati que los aguardan en el recodo más inesperado. De ahí su abundancia.

Proseguimos la marcha sin otros incidentes dignos de mención. Por segunda vez hemos visto a la Guardia Civil a caballo patrullando el Camino, como aquellos antiguos templarios que hacían lo propio en la Edad Media con los sufridos peregrinos de entonces.

Y de pronto, con Portomarín ya a la vista, apareció el río Miño, frontera física y también psicológica porque, como digo, a partir del Miño quedan ya menos de 100 kilómetros para llegar a Santiago de Compostela.camino de santiago (28)

A Portomarín le sucedió lo mismo que al pueblo leonés de Riaño. La construcción del embalse de Belesar sobre el Miño a mediados de los 60 inundó el pueblo antiguo y obligó a trasladar los edificios principales a un punto más alto, dando lugar al actual Portomarín.

Así pues, llevamos caminados ya 100 kilómetros y nos quedan menos de 100 para llegar a Santiago. Con la ayuda de Dios creo que conseguiremos alcanzar la meta. El Camino de Santiago es como una metáfora de la vida y entre sus muchas enseñanzas he aquí ésta: esfuerzo + voluntad = éxito.

 

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